«Chuchezuma», primer aperitivo de Diez

¡Bienvenidos de nuevo al Gran Hotel Mac Quice! Para celebrar el cierre del texto, nuestro cocinero-filósofo favorito, Pedro, os va a deleitar con una de sus especialidades, que aparte de encontrar en el restaurante del hotel, también podréis disfrutar a partir de Junio, en «Chuchezuma».

 

Mi hermano Pedro había cazado con sus propias manos —según contaba— una magnífica langosta digna de entusiasmar por sus promesas al mejor gastrónomo y por su volumen al mayor glotón. Ahora se preparaba a hacerla morir.

[…] —Esta es, hermano —siempre hermano, nunca mi nombre—, la gran ventaja de alimentarse con mariscos: que uno mismo los mata sin necesidad de cómplices. Así la absorción y nutrición llegan a su punto perfecto. ¡Oh, creer que es solo alimento lo que se mastica y traga! ¡Error, hermano, error! En la agonía y muerte del ser comestible hay por lo menos, según mis cálculos, un tercio de la nutrición total. Esto, por lo que se refiere al lado, digamos, físico de la cuestión. Cuanto al lado moral, volvamos a los cómplices. ¿Encuentras tú que es justo hacer asesinar a otro hombre para aprovecharse uno después de los dos tercios de beneficio de su asesinato? ¡Injusto, hermano, injusto, hermanito! Y sobre todo, cobarde. En cambio, con estos bichos toda la responsabilidad queda con uno mismo y nada más, lo cual es digno de un hombre. Estos bichos son una gran cosa y los respeto como bien se lo merecen. Hay algunos tal vez más respetables, aunque… tal vez lo sean por la lógica pura, pero en la realidad… En fin, ya hablaremos de todo ello. En todo caso un buey es intolerable e inalcanzable. ¿Te imaginas uno aquí en casa, en este departamento?

No pude impedirme una intervención:

—No sé, Pedro, si sería posible, por la ley de los policías y los conserjes, traer un buey aquí, pero sí me lo imagino, ¡por cierto, hombre! Y no solo un buey aquí dentro, sino tantos bueyes como divanes tienes, y cada buey recostado en su diván. Te diré: ¿recuerdas en el film de Luis Buñuel, La Edad de Oro, aquella vaca en la cama de la muchacha? ¿Sí? Pues bien, desde que lo vi, solo tengo una obsesión, te confesaré, una esperanza: ver algún día sobre cada diván tuyo una vaca o un buey, da lo mismo. Pero sigue con tu asunto.

Aquí, sonrisa despreciativa y sobre todo bondadosa, extremadamente bondadosa.

—¡Allá Buñuel y sus gentes y tú! El caso es que yo, personalmente, no voy a beneficiar un buey, ni siquiera un cerdo. Mis proporciones no sobrepasan el tamaño de una gran langosta como esta. Bueno, te decía hace un momento que hay otros bichos acaso superiores a los mariscos. […]

»Cada ser comestible (y he de advertirte que son comestibles muchos más seres de los que la gente cree; si no, pregúntaselo a un antropófago o a los habitantes de nuestras cumbres cordilleranas, que en verano bajan a los valles a cazar escorpiones y vinchucas para degustarlas con fruición en las largas y silenciosas noches de nieve), cada ser comestible, digo, procura dos clases de alimento: el uno físico y, como ya sabes, igual a los dos tercios de la nutrición total; el otro digamos moral o, mejor aún, psíquico, igual a un tercio. Los dos primeros tercios se mascan y se tragan más o menos sazonados […]. El último tercio, hermano, es otra cosa. Escucha bien: cada ser durante su agonía y sobre todo en el momento de su muerte suelta, deja escapar (no sé cómo explicártelo a ti que eres profano, horrorosamente profano en estas materias), en fin, echa al ambiente un…, un…, ¿cómo decirte? Eres horripilantemente profano. Digamos un doble suyo. Este doble lleva en esencia dentro de sí las cualidades morales del ser a que pertenecía en vida, y estas cualidades son en analogía, en paralelismo, exacto reflejo de su aspecto físico. ¡Ah, pero aquí viene un punto difícil que no sé si tú logres alguna vez penetrar! Es el punto de saber distinguir por el aspecto físico cuáles son las cualidades morales de un ser, las cualidades esenciales, el prototipo a que pertenecen, qué representan en principio, te diría, casi en principio abstracto. No, esto no lo vas a comprender pero no importa. Por ejemplo, esta langosta ¿qué te dice? Te preguntarás: ¿qué cualidades morales tiene una langosta? ¡No, hombre! ¿Ves cómo desde un comienzo partes por mal camino? ¡No te preguntes nada, hombre de Dios! ¡Mírala, no más, mírala! Mírala intensamente, ojalá agrandándola con la imaginación hasta el tamaño de un elefante o reduciéndote tú frente a ella al de una pulga. Entonces ve sus ojos desorbitados en puntas de alfileres gigantescos, ve el movimiento crujiente de sus patas lentas, ve su vida de caverna a medio despertar bajo el hierro de su caparazón, ve los ecos vagos y sordos en ese brumoso comienzo de conciencia, ve su boca, ve su cola plegable con rendijas viscosas, ve, ¡qué diablos!, la mente que pensó, que pensó en tal modo que su pensamiento tomó las formas que has estado viendo. Ve ese pensamiento originario y siente luego que, si es verdad que anda él solo rodando por la atmósfera de nuestra Tierra, hace, al incorporarse, que una langosta más avance dificultosamente por entre las rocas sumergidas. Y verás que toda langosta es un monstruo, un monstruo espantoso de los infiernos, aunque sosegado, triste y acaso por esto mismo más tenaz. ¡Eso es, hermano, eso es! Mátala entonces, goza con su agonía y aspira profundamente, no solo por las narices sino por todos tus poros. De todo aquello te nutrirás. Y entonces, sí, y solo entonces, después, en tu mesa, con mucha gente, ojalá de frac, sabrás gustar su carne blanca, sabrás por qué corre mayonesa sobre ella, por qué las mujeres, si son jóvenes y hermosas, mueven, entornan de cierto modo peculiar los ojos apenas esa mayonesa les toca la lengua y apenas sus dientes hacen crujir el primer pedazo de carne.

 

Esperamos que hayáis disfrutado de nuestro gran cocinero y de este aperitivo. ¡Nos vemos la semana que viene con más sobre Diez y Juan Emar!

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