¡Papusa! ¡Papusa mía!

1En Diez no hay cabida para la inverosimilitud. La realidad que nos presenta Juan Emar en sus textos en tan válida como la de cualquier persona. Nuestro ya conocido protagonista es testigo de varios encuentros clarividentes. Uno de ellos, en el cuento «Papusa», lo presencia a través de un misterioso ópalo que heredó de su padre, convirtiéndonos a nosotros mismos los lectores en testigos del testigo de la visión. Dice así:

«Desde Belcebú, por línea recta, viene rodando, a través de todos mis antepasados, un ópalo. Hace largos años llegó en su rodar a mí, pues todo mi linaje había bajado a la tumba y Belcebú no se presentaba de siglos atrás por la Tierra.

Cuando mi padre desde su ataúd me lo alargó, estiré mi mano izquierda por entre los cirios que lo rodeaban y, apenas sentí que lo depositaba en ella, lo cubrí con mi derecha para que nada de la atmósfera de las flores y del cadáver fuese a guardarse en sus reflejos tornasoles y marcharse a casa junto a mí. Lleno de honda emoción dejé la capilla ardiente, cruzando con lentitud y con el rostro gacho las plegarias de los que pedían a Dios por el difunto y los llantos sofocados de los demás. Al entrar a mi estancia contemplé la gema solo un instante y luego la eché en el cajón en mi mesa de trabajo. Allí ha quedado, como he dicho, largos años este ópalo remoto, ha quedado y ha vivido ocioso como el océano.

Mas anoche, fatigado de lecturas y meditaciones, lo saqué de su glauca ociosidad y, dirigiendo mi vista sobre él, púseme a contemplar su profunda y misteriosa vida interior.

Allí dentro había sentado plaza el muy grande y muy terrible zar Palemón con su corte, sus favoritos, sus juglares y alabarderos, sus lacayos y sus hembras, sus gacelas y sus espectros. […]

—¡Suéltala! —gritó. Fue todo. Y hubo un tercer momento de espera. El obispo alzó sus hábitos, que subieron desde el suelo crujiendo, hundió su mano por entre las sedas de su vientre y sacó y remeció y echó a tierra y mostró a todos los ojos el cuerpo suave de Papusa, su cabellera de bronce, su mirar desatento, sus senos, su sexo, y una sonrisa imprecisa que por largo rato se meció. […]

Papusa sonríe apenas. Y viene un largo momento de espera. Yo espero como todos, como magnates y fantoches. Ya estoy cogido y ahogado por los mil presentimientos oscuros. Espero.

¡Papusa! ¡Papusa mía!».

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