El arte de comer huevos fritos

¿A quién no le gusta un huevo frito? Juan Emar no podía ser menos, pero su particular manera de comer nos la cuenta su nieto Juan Pablo Yáñez Barrios.

            La simple acción de comer, para Juan Emar era todo un ritual: Primero se comía lo blanco, hasta dejar perfectamente recortada sobre el plato la redonda yema. El proceso para lograr poner la yema sobre el tenedor sin que ésta se reventara era complicado y se requería paciencia. Entonces, en un equilibrio todavía más precario que con otros alimentos, comenzaba el movimiento desde el plato hacia arriba, trayecto que se realizaba con lentitud y trabajosa languidez. La boca se abría enormemente para recibir la yema y, una vez dentro, llegaba el momento de la absoluta detención, en la que el comensal frente a él tenía la impresión de estar frente a un reptil quizás al acecho o tal vez meditando. Esto duraba algunos segundos, hasta que de pronto llegaba la deglución y el consabido ruido gutural. Después, nuevamente la detención.  

                En otras ocasiones, su nieto recuerda que Juan Emar concentraba su mirada en el plato, con la cabeza gacha. Cuando el tenedor contenía el bocado elegido, iniciaba un trayecto similar al anterior, levantaba la cabeza y comenzaba la masticación, de manera cadenciosa y pausada, como un rumiante. Entonces su mirada, con una fina melancolía,  se volvía de color café claro y permanecía posada en la lámpara, incluso después de la deglución. 

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