Un hotel dentro de un hotel, dentro de un hotel, dentro de…

la foto (7)¡Por fin, ya está aquí! Tenemos el placer de anunciar que Diez. Cuatro animales, tres mujeres, dos sitios y un vicio ya está a la venta.

Felicidades a los editores, a los coordinadores y a todos aquellos que han hecho este proyecto posible. Esperamos que os guste y que disfrutéis de la lectura.

En la foto  se puede ver el libro junto al resto de novedades de Libros de la ballena. Os invitamos a conocerlas el próximo día martes 3 de junio a las 18:30 horas en el Pabellón de actividades de esdelibro.es, en la Feria del Libro de Madrid. ¡Os esperamos!

Ahora bien, vaya haga lo que haga y vaya adonde vaya, Juan Emar siempre llega al mismo lugar: «El hotel Mac Quice» (relato que da nombre a este blog). ¿Por qué? ¿Qué secreto guarda ese hotel? Este framento del prólogo de Diez (Libros de la Ballena, 2014), escrito por Emiliano Monge, habla de las sombras y las huellas entre los distintos cuentos que conforman el libro. Dice así:

«Se vuelve a ser lo anterior, más la huella de lo ocurrido». Así como la plastilina encierra en la nueva forma todas sus formas anteriores, los relatos de Emar encierran, en cada nuevo giro, todos sus giros anteriores; en cada nuevo suceso, todos los sucesos anteriores; en cada nueva historia, todas las historias anteriores. En «El hotel Mac Quice» no solo se pasean y se alimentan unas a otras todas sus sombras interiores, también se pasean y se alimentan las sombras de «Papusa» y de «El fundo de La Cantera».

Más aún: son estas sombras, estas huellas de las formas previas, las que permiten la existencia de las formas posteriores, que son siempre el nuevo asunto del relato pero con la memoria de haber sido otra forma y el deber de ser luego también una nueva forma. Formas que terminan y que empiezan una y otra vez, incesantemente, reinventándose y autodestruyéndose todo el tiempo, reinventando el mundo y destruyéndolo también a este (el mundo) todo el rato.

 Y, para que entendáis a qué se refiere, os dejamos un fragmento del cuento del hotel laberíntico:

«Así es la calle y la plaza toda en donde ahora estamos. Y allí enfrente, la masa de los muros con sus mil ventanas. Sobre lo alto de una hilera de ellas, léese en oro gastado y verde: Hotel Mac Quice.

Un sentimiento de malestar empezó a invadirme. Luego este sentimiento, lentamente, se fue transformando en un pensamiento que me ocupó entero: empecé a pensar —con dificultad, sí— que de seguro, al abandonar nuestra habitación, algo, por lo menos algo, habíamos dejado olvidado en ella. Algo, indiscutiblemente. Vale decir, imposibilidad de seguir adelante sin antes verificar y recobrar.

—Un momento —dije. […]

Todo eso habíamos olvidado.

No me sentí con fuerzas para recoger tanta cosa, sobre todo porque me asaltó la idea que, a medida que fuese recogiendo, nuevos olvidos se irían presentando a mi vista. Y bien podría ser que fuese asunto de nunca terminar. Así es que, sin más, saludé con la mano, pensé: «¡Allá todo ello!», y, por la misma puertecita lateral, volví a la plaza. […]

Mi mujer se había marchado. […]

Esperé media hora. Nadie. Esperé una hora. Nadie. A la hora y diecisiete minutos de estar sentado en el banco, pasó un hombre. Vestía de negro, las manos en los bolsillos de su gabán, el sombrero hundido en la cabeza. Se envolvía el cuello con una bufanda negra también, pero con algunos hilos de plata gris. Pasó rápidamente, a pasos menudos. Ese hombre, indudablemente, sabía adónde iba.

Resumió en su gabán, en su sombrero enterrado, en su bufanda y en su andar precipitado todo lo que en mí podía haber de esperanza. Así es que lo seguí. Mediaba entre nosotros un trecho de unos cinco a seis metros. No más.

Entró por una callejuela, se engolfó por otra y otra más, siempre con rapidez.

Las calles aquí no eran como las de nuestras ciudades regulares en que, para pasar de una a otra, hay que doblar en noventa grados a riesgo de seguir indefinidamente por la misma. Aquí eran calles y callejuelas tortuosas y en- redadas, de modo que el hombre en cuestión —aunque saliendo de unas para precipitarse en otras— siempre conservaba una dirección única, siempre hacia allá, hacia el este. Del punto de su objetivo, no creo que se desviase nunca más de quince o veinte grados. Obvio advertir que luego los corregía aprovechándose de la topografía de la ciudad, y, si del otro lado volvía a desviarse otro tanto, luego también hallaba medio de enfrentar su meta hacia el este.

Estas calles y callejuelas no tenían color porque yo miraba únicamente a mi hombre adelante. Es evidente que si en ellas hubiese habido de pronto algún color vibrante —un verde esmeralda, por ejemplo, como el del trapo de la galería; o un escarlata, o un anaranjado, etcétera—, mi vista lo habría registrado y, al registrarlo, lo habría enfocado y, al enfocarlo, habría notado que calles y callejuelas tenían, como todo, color. Pero no hubo nada vibrante. Así es que la única concesión que puedo hacer es que todo aquello era grisáceo o ceniciento. Más, no.

Marchamos así mucho tiempo. Al fin, una claridad no muy distante me anunció que nos acercábamos a un espacio más amplio que este dédalo de casas amontonadas. En efecto, pasos más allá, entrábamos a una plaza con algunos árboles en vías de morir. El hombre se sentó en un banco. Yo me senté a su lado, pero no junto a él. Como el banco era bastante largo, dejé que entre nosotros mediara un par de metros. Al frente teníamos un gran edificio con mil ventanas. Allí se leía en grandes letras de oro gastado y verde: Hotel Mac Quice».

Feria 2014 (1)

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